El pecado lastima: Cuando el alma enferma en silencio.
"No hay sanidad en mi carne... a causa de mi pecado". (Salmo 38:3)
David no está hablando de una enfermedad física.
Está hablando de un mal invisible... que comienza en el espíritu, contamina el alma y finalmente se refleja incluso en el cuerpo.
Es el peso del pecado.
No aparece por fuera... pero te destruye por dentro.
Cuanto más lo ignoras, más sangra.
Cuanto más lo escondes, más enfermas
El pecado no sólo te ensucia, te enferma.
Algunas personas piensan que lo único que tienen que hacer es pedir perdón y seguir adelante... Luego cometen el mismo error.
Ignoran el verdadero arrepentimiento.
David se sentía:
Débil,
Herido,
Aplastado...
No por los enemigos, sino por algo peor: un pecado no confesado.
“Estoy abatido, estoy muy triste; estoy de luto todo el día". (Salmo 38:6)
Era culpa.
Era el peso espiritual.
Hoy, muchos viven así:
Un corazón sofocado.
Sin paz, ni siquiera al orar.
Sin fuerzas, aunque sirvan.
Sin alivio, ni siquiera yendo a la iglesia.
¿Por qué?
Porque el pecado sigue ahí...
Oculto.
Racionalizado.
Ignorado.
No es falta de adoración. Es falta de quebrantamiento.
No es falta de oración. Es falta de verdadero arrepentimiento.
"Señor, todo mi deseo está delante de ti, y mi gemido no te es oculto". (Salmo 38:9)
El pecado no se soluciona con el silencio.
Se resuelve con una confesión sincera.
Con gemidos que tocan el cielo.
Con dolor que se convierte en cambio.
El verdadero arrepentimiento es como una cirugía.
Duele... pero quita la infección.
Mientras no haya arrepentimiento, no habrá alivio.
El corazón seguirá pesado.
El espíritu seguirá enfermo.
El alma seguirá gritando, aunque los labios sonrían.
"¡Apresúrate a socorrerme, Señor, salvación mía!" (Salmo 38:22).
El verdadero arrepentimiento.
El pecado duele...
¡Pero el perdón cura!


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