“De todo lo que se ha oído, la conclusión es: Teme a Dios y guarda sus mandamientos, porque esto es el deber de todo hombre. Porque Dios juzgará todas las obras, incluso las ocultas, sean buenas o malas”.
(Eclesiastés 12:13-14)
La Palabra de Dios nos enseña que el fundamento de todo en esta vida es el temor al Señor y una vida vivida en obediencia a Sus mandamientos. Temerlo no es tener miedo, sino reverencia, respeto y sumisión a Su voluntad.
Es cierto que vivimos en el tiempo de la gracia, pero esa gracia no nos da licencia para vivir como queramos o hacer lo que nos plazca. Por el contrario, la gracia nos concede la libertad de amar, obedecer y servir a Dios, reconociéndolo como Señor y Salvador de nuestras vidas.
De todo lo que vemos y oímos en este mundo, aprendemos por las Escrituras —desde Génesis hasta Apocalipsis, en sus 66 libros— que la esencia de la vida es obedecer a Dios, honrarlo y reconocer que todo le pertenece. Todo lo que somos y todo lo que deseamos alcanzar depende únicamente de Él.
Debemos vivir conscientes de que, al final de esta vida, habrá un juicio. Como está escrito, todo ser humano rendirá cuentas ante Dios, ya sea rico o pobre, conocido o anónimo, fuerte o débil. Ese día estaremos ante el Dios Todopoderoso.
Todas nuestras obras, sean buenas o malas, serán expuestas ante Él y ante nosotros mismos.
Por eso, mi consejo es sencillo y eterno: vive en obediencia a la Palabra de Dios, porque solo en ella encontramos vida, dirección y salvación.







