“Porque hay un solo Dios y un solo mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo, hombre”. (1 Timoteo 2:5)
Vivimos en una cultura en la que, lamentablemente, muchas personas creen en varios dioses.
Dioses de plata, oro, cobre, plástico o yeso.
Dioses pequeños, grandes o medianos.
Como declaró el salmista, son dioses que tienen boca, pero no hablan; ojos, pero no ven; manos, pero no tocan. Son obras de las manos de los hombres, sin vida, sin poder y sin respuesta.
Otros dicen que no creen en las imágenes, pero terminan convirtiendo el dinero en su dios.
Algunos ponen el éxito, el trabajo o incluso a sus propios hijos en el lugar que solo pertenece a Dios. Debemos comprender que todo lo que ponemos en primer lugar, por encima de la voluntad de Dios, se convierte en un dios en nuestras vidas.
Cuando vivimos de esta manera, estamos condenados al fracaso espiritual, emocional y eterno, porque ninguno de estos «dioses» puede salvar, perdonar o dar vida.
La Palabra de Dios es clara y absoluta: solo hay un mediador entre Dios y los hombres, y ese mediador es Jesucristo, el Hijo de Dios. No hay otro nombre, no hay otro camino, no hay otro intercesor.
Por lo tanto, si deseas respuestas a tus oraciones, si anhelas la vida eterna y quieres vivir una vida verdaderamente bendecida en este mundo, el camino tiene un nombre:
Jesucristo.


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