El mes pasado, otro pastor se quitó la vida.
Y muchos se preguntan: ¿cómo alguien que predicaba esperanza pudo renunciar a la vida?
Antes de juzgar, escuche con atención.
Este mensaje no es solo para los líderes, es para todos nosotros.
Esta realidad está más cerca de lo que imaginamos.
Otro líder se ha ido, y con él se ha perdido un grito de auxilio que nadie escuchó. El problema es que, cuando un miembro cae, muchos lloran; pero cuando un pastor cae, muchos señalan con el dedo. Olvidan que, detrás de un título, hay un ser humano.
¿Cuántos líderes predican sobre la vida, pero luchan contra la muerte por dentro?
¿Cuántos aconsejan sobre matrimonios, pero lloran solos en su habitación?
¿Cuántos predican la fe, pero enfrentan noches de miedo y angustia?
El dolor no respeta el púlpito.
No respeta el cargo.
No respeta el título pastoral.
La Palabra de Dios nos enseña en Gálatas 6:2: «Ayudad a llevar las cargas los unos de los otros, y así cumpliréis la ley de Cristo».
El texto no dice: “llevad solo las cargas de las ovejas», sino «los unos de los otros”.
Los pastores también necesitan que se les cuide.
Los líderes también necesitan ser abrazados.
Los hombres y mujeres de Dios también necesitan que se les recuerde que no están solos.
El título no anula la humanidad.
El cargo no borra el dolor.
Detrás de la corbata, la Biblia y la sonrisa, puede haber un corazón sangrando.
Quizás lo que faltó no fue fe, sino alguien que le tendiera la mano antes de caer.
No dejes que esta palabra se quede en ti.
Ora.
Abraza.
Cuida de aquellos que Dios ha puesto en tu camino.
Ya seas líder, miembro, amigo o familiar, comparte.
Hoy, tú puedes ser la respuesta que alguien, en silencio, está esperando.


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