Vivimos en la generación que más habla de libertad.
Tenemos libertad para elegir dónde vivir, dónde trabajar, qué ver, cómo vestirnos e incluso qué hacer en cada minuto de nuestro día.
Pero hay un gran problema.
Estamos confundiendo la libertad con la falta de compromiso.
Ser libre nunca ha significado vivir sin responsabilidad.
Y quizá nunca haya sido tan fácil renunciar a un compromiso.
Basta con que surja una invitación…
Una salida…
Un partido…
Un viaje…
Unas horas extras…
O simplemente las ganas de descansar.
Y, casi siempre, el primer compromiso que se cancela es el con Dios.
Esto revela mucho sobre el corazón de esta generación.
1. Cambiamos la misión por el momento
Llega el domingo.
Si surge cualquier otra opción, la iglesia queda para más tarde.
Vivimos lo que es urgente, pero abandonamos lo que es eterno.
Nuestra agenda revela lo que realmente valoramos.
Donde invertimos nuestro tiempo es donde está nuestro corazón.
2. Queremos formar parte de algo, pero no queremos comprometernos
A muchos les gusta la iglesia.
Les gusta el ambiente.
Les gustan los hermanos.
Les gusta la Palabra.
Les gusta el pastor.
Pero cuando llega la hora de servir…
Cuando llega la hora de asumir una responsabilidad…
Cuando llega la hora de cargar con parte del peso…
Prefieren dar un paso atrás.
Quieren disfrutar de la comunidad…
Sin ayudar a construirla.
3. Hay más espectadores que servidores
Muchos se preguntan:
«¿Será que el culto de hoy va a estar bien?»
Pocos se preguntan:
«¿Cómo puedo servir hoy?»
Jesús nunca llamó a consumidores.
Llamó a discípulos.
Y los discípulos no se limitan a asistir.
Los discípulos participan.
4. Falta constancia
Vivimos de la emoción.
No de la convicción.
Cuando todo va bien…
Estamos presentes.
Pero basta con que surja una dificultad…
Un problema…
Un desánimo…
Y el compromiso desaparece.
Quien vive solo de la emoción difícilmente se mantendrá firme.
La fidelidad se pone a prueba precisamente en los días en los que no tenemos ganas de seguir adelante.
5. La cultura del «me lo merezco»
Hoy en día oímos mucho:
«Hoy necesito descansar».
«Hoy voy a cuidarme».
«Hoy no me apetece».
Está claro que el descanso es necesario.
Jesús también descansaba.
Pero cuando el «yo» siempre gana…
El Reino de Dios siempre pierde terreno.
Una vida centrada únicamente en sí misma difícilmente dará frutos para Dios.
6. Confundimos la flexibilidad con la fidelidad
Hoy en día, muchos creen que el compromiso puede modificarse según convenga.
Pero la fidelidad no depende de las circunstancias.
Depende del carácter.
El compromiso no es una prisión. Es madurez.
Las personas más fiables no son necesariamente las más talentosas.
Son las más constantes.
Las que están ahí.
Las que cumplen su palabra.
Las que permanecen.
Conclusión
Jesús nunca dijo:
«Ven cuando te apetezca».
Dijo:
«Si alguien quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome cada día su cruz y sígame» (Lucas 9:23).
El Evangelio siempre ha exigido renuncia.
El discipulado siempre ha tenido un precio.
La madurez cristiana no consiste solo en hacer lo que nos apetece.
Consiste en permanecer fieles cuando sería mucho más fácil elegir otro camino.
Porque, al final, hay una verdad que hay que recordar:
Una generación que solo hace lo que quiere difícilmente hará lo que Dios quiere.
Y Dios sigue buscando hombres y mujeres que, por encima de sus propios deseos, elijan permanecer fieles.


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