Esta frase es cada vez más habitual. Pero, a menudo, el motivo que damos no es el verdadero motivo que llevamos en el corazón.
Decimos que la iglesia ha cambiado, cuando en realidad solo ha dejado de ser como nosotros queríamos que fuera.
Decimos que no nos dieron una oportunidad, cuando lo que realmente deseábamos era un micrófono, un cargo o visibilidad.
Decimos que hemos perdido la alegría de servir, cuando en realidad hemos perdido la función que nos hacía sentir importantes.
Decimos que hemos perdido nuestro espacio, pero lo que hemos perdido es el protagonismo.
Decimos que no nos están alimentando, pero muchas veces no estamos poniendo en práctica lo que ya hemos aprendido.
Decimos que Dios nos está llevando a otro lugar, cuando en realidad estamos huyendo de conflictos que hay que resolver.
Decimos que los pastores son tóxicos, cuando nos hemos enfrentado a actitudes que había que corregir.
Decimos que nadie nos busca, pero nos escondemos y no queremos que nos encuentren.
Decimos que no nos sentimos parte de la comunidad, cuando en realidad no nos sentimos influyentes.
Está claro que hay situaciones reales en las que cambiar de iglesia puede ser necesario e incluso saludable. Sin embargo, antes de marcharnos, vale la pena hacernos una pregunta sincera:
¿Me está guiando Dios o mis emociones?
Quien ama a Cristo no busca una iglesia perfecta. Busca un lugar donde pueda adorar, servir, crecer, ser corregido cuando sea necesario y permanecer fiel al propósito de Dios.
A veces, el problema no está en la iglesia que estamos dejando.
A veces, el cambio que Dios quiere hacer es dentro de nosotros.
📖 «Que cada uno se examine a sí mismo…» (1 Corintios 11:28)


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